domingo, 29 de julio de 2018

La edad de la armonía I




Abrió las ventanas para que la humedad de la noche de julio compensara el calor de la leña encendida. Nuevamente el problema del papel para encender el fuego. Llevaba en el bolsillo bien doblado un ejemplar de Suck, pero no quería  sacrificarlo tan pronto, después de haber conseguido colarlo por la aduana. Prefería quemar un libro y esta vez fue sobre seguro a por una edición de El Quijote, de Editorial Sopeña. Era una obra a la que guardaba una vieja manía, sintiendo un deleite previo por el simple hecho de ir a sacrificarla, y el único reparo, fácilmente superable, eran las ilustraciones que acompañaban las aventuras de aquel imbécil. Se quedó en mangas de camisa. Montó una extraña construcción de leños y teas, puso debajo El Quijote con las hojas abiertas y le prendió fuego. La escena le recordó un viejo cuento de Andersen en el que el lector asiste angustiado a la evolución de una flor de lino desde su nacimiento hasta su muerte convertida en libro, quemado en una alegre chimenea navideña. Aún le quedaban más de tres mil quinientos libros en las estanterías que apresaban el ambiente de la casa como unas rejas. Podía encender tres mil quinientas fogatas durante casi diez años.
 - Manuel Vázquez Montalbán - 


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